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Si me pasó a mí, a ti también te puede pasar

Soy una mujer colombiana que en noviembre de 2017 cumplió 57 años de edad. El 28 de ese mismo mes y año empecé a hacer las averiguaciones sobre mi pensión. Debo confesar que dejé de aportar por casi 10 años y que me cambié a un fondo de pensiones cuando inició el “Boom” de los fondos privados, cuando estaba haciendo los trámites de pensión y ahora puedo decir que me lamento, pues todo hubiera sido distinto si me hubiera asesorado mejor y si en mi juventud hubiera sido más consciente de este momento: mi vejez.

 

 

Mi anécdota comienza cuando cambié de fondo de pensiones en mayo de 1997. En esa época se hablaba bastante de unos papeles que tenían la información del día en que uno podría comenzar a recoger el dinero de su pensión, se llamaban “Bonos Pensionales”. El que me dieron a mi vence el 26 de noviembre de 2020 -cuando cumpla 60 años- y aún lo guardo debajo del colchón esperando que llegue la fecha crucial.

 

 

Con ansias de ir más allá y haciendo algunos cálculos para tener una mejor calidad de vida en mi vejez, quise tomar consejos de un asesor de un fondo privado en el 2016. El hombre me hizo unos cálculos en los que determinó que definitivamente no tendría derecho a una pensión ni ahora ni nunca. Me dijo que así cotizará por mucho dinero, el hecho de no haber cotizado pensión durante 10 años había sido una decisión definitiva para no recibir nada. Con una pena muy profunda lo acepté, sin embargo, seguí cotizando y aportando, pues aun si no iba a recibir nada, el asesor me comentaba que todo ese dinero que había y que seguiría aportando, me lo devolverían.

 

 

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Cumplidos los 57 años de edad, es decir en el 2017 cuando se abre el desenlace de mi historia, me fui para el fondo de pensiones para saber qué debía hacer teniendo en cuenta lo que me había comentado mi asesor un año atrás. Allí, una chica muy querida sacó sus cálculos de un programa tecnológico y me dijo: “Doña Elizabeth, a usted no le alcanzan los aportes para pensión, pero, como tiene el bono pensional que vence en el 2020 y teniendo en cuenta que siguió aportando, más el valor a futuro del bono pensional, usted recibirá más o menos 198 millones de pesos. Esto obviamente si sigue aportando los dos años que le faltan.” ¡Uy! -pensé- ¡Qué emoción! ¡Dos años se pasan volando! Me van a servir para pagar deudas, me haré el viaje a Europa soñado, llevaré a mi esposo, ayudaré a mi familia, a los pobres, haré donación a la iglesia, me estiraré un poquito, mejor dicho ¡seré rica! Miles de cosas más pasaron por mi mente, pero para no emocionarme más le dije: “¿Qué tengo que hacer?”. Ella seguía muy querida, con una sonrisa me dijo: “Debe pasar una carta para que le hagan un estudio. Vuelva en dos meses a ver cómo va el asunto”. Claro, eso fue lo que yo entendí de la emoción, seguramente ella lo dijo con palabras más técnicas y hasta puede ser que la chica no fuera tan querida, solo que la emoción era tan grande que lo vi todo así.

 

 

No fui a los dos meses porque me daba pena ser tan insistente, pero fui a los dos meses y un día. Me atendió la misma chica querida con su programa tecnológico y después de haberle recordado que yo era aquella señora que iba a ser rica, me dijo: “A ver Doña Elizabeth, veamos cómo va su caso… lo lamento, resulta que el bono aparece negociado”. Me dio el primer dolor de estómago “¿cómo así?” le dije, “yo nunca lo he negociado, por eso lo tengo conmigo, de hecho, está guardado debajo del colchón ¿Qué está pasando entonces?”. Con un poco de altivez, la chica salió de su cubículo, habló con colegas y superiores, y me comentó que de 8 casos que tienen en ese fondo de bonos negociados, yo soy la primera en acercarme a averiguar por él.

 

 

Me pidió hacer otra carta donde yo solicitara hacer una investigación más puntual de lo que había pasado con mi bono pensional. Adiós a pagar las deudas, a estirarme un poquito, al viaje a Europa, a la benevolencia… Debía volver en un mes más a ver qué había pasado. Lo único que sí era seguro, según esta chica ya no tan querida, es que me debían devolver lo que he aportado desde la fecha de la negociación del bono.

 

 

Hoy no ha pasado el mes para volver y tengo un poco de frustración por todos los años que dejé pasar y por cómo se dio toda esta historia. Puedo concluir de todo esto que, en primer lugar, es posible que yo haya firmado alguno de esos documentos con “conocimiento de causa” donde aprobara que mi bono pensional podía negociarse. No me culpo, a esa época tenía 37 años y veía muy lejos los 57 años que tengo. En segundo lugar, es probable que, si bien firmé dicho documento, el asesor de la época se haya aprovechado de mi buena fe y no haya sido completamente claro conmigo sobre las consecuencias.

 

 

En tercer y último lugar, es una realidad que los colombianos tenemos mucha falta de conocimiento sobre el tema de las pensiones y nos preocupamos solo cuando ya tenemos la edad de jubilación. Queremos tener algo seguro para la vejez solo cuando ya estamos viejos; nos alertamos únicamente cuando nuestros contemporáneos ya reciben su mesada y la están disfrutando. Hoy no solamente no soy rica gracias a mi pensión, sino que el viaje a Europa quedó en veremos, estirarme un poquito será en sueños y tendré que decirle a mi esposo que se conforme con una cena invitada por mí.

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