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¿Es viable el comunismo de China en Occidente?

Muchos en el mundo occidental creen que con el aumento de la democratización política y liberación económica, abundará la riqueza y la prosperidad de las naciones. Para quienes rechazan cualquier idea socialista, el Partido Comunista de China luce hoy como una dictadura, más que hace 40 años. Sin embargo, China está probando una excepción dentro de las creencias occidentales.

El presidente Xi Jinping ostenta actualmente un poder muy superior al de muchos líderes globales, acumulando para su proyecto político diferentes aliados y seguidores, como Vladimir Putin. De hecho, Xi Jinping ha conseguido con sus estrategias diplomáticas y políticas internas lo que solo Mao Zedong pudo: su nombre, y su ideología, han quedado inscritos recientemente en la Constitución del Partido Comunista.

La filosofía del líder se denominó oficialmente por el Congreso del Partido Comunista como: “Pensamiento de Xi Jinping sobre el Socialismo con Características Chinas para una Nueva Era”, que al parecer pasará a estudiarse en las escuelas y las guías de educación política de quienes decidan aspirar a cargos en la administración pública.

Bajo la mirada occidental, en un solo mandato, el líder supremo de China ha demolido los esfuerzos del país oriental por legitimar la entrada política de otros partidos que han intentado institucionalizar una sucesión presidencial más democrática. Desde sus tres títulos –jefe de estado, jefe militar y jefe del partido comunista– ha comandado con mano férrea diferentes aspectos de la economía china.

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La consolidación del poder a la que ha llegado Xi tiene repercusiones políticas y económicas importantes para el resto del mundo. El líder se ha definido a sí mismo como el gran opositor del sistema hegemónico occidental, y por primera vez en décadas, se ha propuesto colocar el sistema autocrático de China como un sistema político y económico modelo que podrían seguir otros países en el mundo.

Es necesario recordar que en el auge de la guerra fría, China exportó una revolución armamentística al tercer mundo que propagó ideas de izquierda, sobre todo en países asiáticos. Y, sin embargo, después de los desastres políticos de Mao, los sucesores presidenciales miraron hacia Occidente en búsqueda de ideas y modelos capitalistas.

Según sus declaraciones, Xi piensa asiduamente que China ha crecido progresivamente como un gigante económico, mientras que Occidente decae. Por lo tanto, y según su filosofía, es tiempo de doblar esfuerzos para exportar la influencia política china alrededor del mundo.

Mientras arma un vasto y poderoso poder militar que puede “pelear y ganar guerras” y construye prodigiosas obras de ingeniería e infraestructura, no solo en su país sino alrededor del mundo –al punto que se ha abierto la posibilidad de construir una nueva ruta de la seda–, el gobierno del presidente Xi también ha procurado el ejercicio ejecutivo mediante su gran habilidad para convencer a otros con su elocuencia y con actos demostrables, antes que con la antigua coerción violenta que implementaron otros gobiernos comunistas del pasado contra sus nacionales.

Lo paradójico, frente a antiguos regímenes comunistas, reside en que la herramienta más oportuna y efectiva de Xi para lograr su éxito político ha residido en el ejercicio de la ley o el Estado de Derecho. A través de cambios legislativos importantes, altas regulaciones y cumplimiento efectivo de antiguas disposiciones que se omitían o pasaban por alto, el nuevo gobierno ha impuesto su mano de hierro contra todos aquellos que irrumpen cualquier disposición de ley, por pequeña que esta sea.

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De esta manera, ha acabado con los grupos políticos que no han sido legalizados por el partido comunista dentro y fuera del país asiático, y hasta ha prohibido hablar negativamente de la diáspora china. El brazo de Xi llega a todos los rincones de la política y la economía del país, hasta el punto que recientemente clausuró las agencias que ofrecieran viajes turísticos a la Ciudad del Vaticano, estado con el que China habría roto sus relaciones diplomáticas desde 1951.

Pero la estrategia política de Xi no es solo represiva, sino estratégica. Cada regulación que impone, por nueva o antigua que sea, la ha debatido al interior del partido, siempre teniendo como meta el crecimiento económico del país. En el caso de las agencias de viaje, –por tomar un ejemplo– después de su prohibición, el dirigente aprovechó la contingencia para acercarse al Vaticano e iniciar nuevas relaciones diplomáticas que pudieran beneficiar el flujo económico de ambas partes. Al finalizar las conversaciones, los resultados se socializarán en el Congreso del Partido Comunista.

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Muchos arguyen que las estrategias políticas y económicas de Xi siempre responden a un objetivo económico, y consideran que esto es poco amigable con el ejercicio de la política. Par sus opositores, la ideología del presidente chino perjudica el arte de gobernar, generando en la imagen de cualquier dirigente el arquetipo de un príncipe autocrático, al estilo de Maquiavelo. Sin embargo, es importante recalcar que las democracias occidentales también han puesto en el altar de la democracia liberal a las libertades económicas.

Muchos economistas expertos en teoría económica de juegos han argüido que China ha sabido adaptar sus raíces culturales y su historia para alcanzar el trono económico mundial, por encima de Estados Unidos. De acuerdo a este paradigma, siempre existirán ganadores en todo modelo económico. En la medida en que el mercado determina una acción siempre existirá un ganador y otro perdedor, siempre que se invierte en la bolsa habrá un vencedor y un vencido.

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En su reciente publicación When Trees Fall, Monkeys Scatter. Rethinking Democracy in China el académico australiano John Lee resuelve que el país asiático no es una dictadura rígida al modelo de la Unión Soviética, como se ha hecho creer en Occidente, sino un experimento turbulento e incansable que ha generado una innovación constante en su forma de gobernar: “China no es un simple caso de autoritarismo, sino un laboratorio estructurado con métodos de gobierno que contradicen todos los libros de texto que se han escrito sobre ciencia política.”

De acuerdo con el profesor emérito, el gobierno chino no ha trastocado los principios de la democracia sino que los ha incorporado paulatinamente. En el libro explica que el partido emplea votación, elecciones y elementos de consulta política. Keane resalta que China posee un extraordinario total de 800 agencias de consultoría política, y más de la mitad son independientes del partido.

Las poblaciones rurales comúnmente eligen a sus propios líderes. Los gobiernos locales y regionales de las ciudades conducen votaciones en asuntos básicos como propuestas para reforzar las leyes de parqueo o flexibilizarlas: “En Pekín existió una consulta abierta extensa propuesta por el Partido Comunista que disminuyó considerablemente los precios del transporte público”, reporta Keane. Según el autor, los métodos democráticos también son incorporados al interior de las grandes compañías privadas, mediante modelos sindicales y métodos como el de la balota secreta y el voto.

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Así las cosas, el gran gigante asiático se ha propuesto exportar su cultura y modelo socio-económico. Es destacable que en todas partes esté aumentando el número de Institutos Confucio, establecidos en más de 500 universidades alrededor del mundo, a través de los que el estado chino también intenta controlar el discurso académico internacional en temas relacionados con su nación. Aún más, las cátedras de chino mandarín son obligatorias en casi todos los colegios internacionales acreditados, desde el tercer grado de primaria en Colombia, por ejemplo.

Es inevitable que con su crecimiento acelerado China desee exportar su cultura y modelo económico y su influencia política alrededor del mundo, al haber conseguido erradicar casi más de la mitad de la pobreza en su país. China ha proporcionado millones de empleos a sus habitantes mediante la innovación corporativa y la creación de gigantes tecnológicos. Como consecuencia, la nación se enorgullece de exponer ante el mundo que la clase media es mayoría actualmente.

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A pesar de lo antedicho, los expertos económicos más liberales han advertido que si Occidente decide dar la bienvenida a los principios de la economía y la política China, se ocasionaría una hecatombe a la democracia liberal occidental, causando un detrimento importante en las libertades que hasta el momento se han conseguido en las naciones de este lado del globo, después de la Segunda Guerra Mundial.

Después de la caída del muro Berlín, se llegó a la conclusión de que los países autoritarios eran muy rígidos y corruptos para dirigir modelos económicos dinámicos, y que el liberalismo económico y la democracia serían las únicas vías para alcanzar el éxito y la prosperidad. Con todo, es paradójico que el materialismo histórico siga sorprendiendo con ejemplos económicos como el de China, que en los propios términos de Xi, debería adaptarse por otros países en el mundo.

Al final, características como la vigilancia electrónica masiva en las ciudades, el sabotaje económico mundial a partir del uso de las reservas económicas estatales, las torturas carcelarias y otros escándalos a los que se ha visto sometido gigante oriental, han hecho repensar la teoría de Xi en el mundo de la política occidental.

Según analistas políticos expertos, solo queda decir pues, que los gobiernos occidentales deberán fortalecer más sus principios democráticos y liberales, si desean prestar elementos políticos y económicos ideológicos creados e implementados en la China comunista actual.

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TAGS: Economía, Occidente, Oriente, China, Comunismo, Capitalismo, Modelos Económicos

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